La fuerza de lo colectivo. Un breve recorrido por la historia de nuestras asociaciones
II FORO ASOCIATIVO de la CNSE
Madrid, 15 de noviembre de 2025

La historia de las asociaciones de personas sordas en España es una historia de empoderamiento, de comunidad, de unidad, de resiliencia, de resistencia cultural y de construcción colectiva de un proyecto común. Es la historia de muchas personas que, frente a la exclusión y el aislamiento, decidieron organizarse, encontrarse y construir espacios propios donde apoyarse mutuamente, compartir vivencias, defender sus derechos, expresarse y cultivar la lengua de signos.
Es la fuerza de lo colectivo. De cómo las asociaciones han sido durante más de un siglo el motor que ha permitido transformar la realidad de las personas sordas en España. Porque cada asociación ha sido una pieza fundamental en esta construcción. Miramos atrás no para quedarnos en la nostalgia, sino para comprender que, al margen de los acontecimientos externos, nuestro futuro como comunidad está en nuestras propias manos. Si algo hemos aprendido en este recorrido es que somos las propias personas sordas quienes hemos hecho posible a través del asociacionismo los derechos que tenemos hoy, y que podemos decidir nuestro rumbo. Nos guiaremos por cinco etapas históricas, que se han ido definiendo en los congresos de la CNSE. Las fechas que marcan cada etapa son solo aproximaciones pues muchas veces en una etapa hay elementos de otra. Y todas ellas están muy influenciadas por el contexto político y social de nuestro país.
1. Etapa socioasistencial y de creación de asociaciones (inicios del siglo XX – 1978): construyendo unidad.
En una España sin los derechos sociales que tenemos hoy, donde las vidas de las personas sordas estaban marcadas por el aislamiento social, el estigma y la negación de la lengua de signos, las personas sordas comenzaron a organizarse creando espacios propios. Las primeras asociaciones locales surgen a principios del siglo XX como respuesta directa a la necesidad de romper esa soledad, por la necesidad de apoyo, de compartir experiencias y encontrar un entorno de comunicación natural en lengua de signos.
Es una larga etapa donde, por lo general, las iniciativas públicas de protección social eran poco sólidas y no universales para toda la ciudadanía. Donde se consideraba a la familia como principal agente de protección social. De ahí que las administraciones potenciaran el apoyo de proximidad: familia, amistades, vecinos/as, paisanos/as, etc. Estas redes se entendían como la primera forma de respuesta ante la necesidad de “ayuda social” con lo que las Administraciones no tenían que asumir sus responsabilidades ante los colectivos con más necesidades.
Y es en este contexto histórico donde van surgiendo nuestras asociaciones. En 1906 se constituye la Sociedad de Sordomudos de Madrid, y en 1909 la Mutua de Socorro y Sociedad de Sordomudos de Catalunya, en Barcelona. Pese a las dificultades legales y materiales, en los primeros años del siglo XX fueron consolidándose asociaciones en otras ciudades conformándose un entramado de solidaridad que acabaría cristalizando en una estructura estatal. En 1936 ya eran 15 las asociaciones de personas sordas las cuales impulsaron la creación de la Federación Nacional de Sociedades de Sordomudos de España, con sede en Madrid y presidida por Juan Luis Marroquín. Fue un momento fundamental: por primera vez, se articulaba una representación nacional desde el propio colectivo.
Las asociaciones, por lo general impulsadas por las propias personas sordas, cubrían aspectos asistenciales y eran también espacios de vida, de socialización, de cultura y de reivindicación incipiente.
Durante la dictadura, en un contexto de represión y control social, las asociaciones previas a la guerra civil no solo siguieron funcionando, adaptándose al contexto, sino que continuaron creándose en otros puntos de España, actuando tanto como refugios lingüísticos y emocionales como de asistencia social. En un momento histórico en el que la política social no formaba parte de la agenda de gobierno, en el que el uso de la lengua de signos era perseguido o invisibilizado, estos espacios permitieron a las personas sordas no solo atender muchas de sus necesidades sino, además, mantener viva y enriquecer la lengua de signos, su cultura y el espíritu de unidad.
En muchos casos, las personas sordas pasaron de reunirse en bares a crear un espacio propio de encuentro con la constitución de una asociación (asociaciones para las que se buscaba el alquiler o la cesión e incluso adquisición de locales y algunas de las cuales tenían como sedes los propios domicilios). Incluso el acondicionamiento de los locales, a veces, era costeado por los propios socios/as.
Ya hemos comentado que las asociaciones que se fueron creando solían dar respuesta a necesidades básicas de las personas sordas. Recordemos que algunas de ellas, desde un principio, daban o facilitaban el acceso a subsidios en caso de enfermedad, maternidad, vejez, defunción, etc. También fomentaban la formación de sus asociados, las actividades culturales, deportivas, de convivencia y vida en comunidad, etc. A modo de ejemplo, entre muchos otros, las Fiestas de los Reyes Magos donde se regalaban juguetes a las hijas e hijos menores de edad de sus socios/as; la realización de campañas benéficas de Navidad “para el anciano sordo”; las canastillas para los bebés recién nacidos; la creación de secciones culturales, deportivas, recreativas, de secciones “femeninas”, de socorros mutuos y de pensiones para la vejez; las comidas de hermandad; la importancia de las banderas y los lazos; el apoyo mutuo y sin fisuras a cualquiera de las asociaciones que se iban creando en distintos puntos de España.
En resumen, en todo el siglo XX las asociaciones han sido auténticos centros de convivencia, de comunicación y de realización de actividades para sus miembros. Gracias a ellas las personas sordas han tenido a su alcance un lugar donde acudir para comunicarse sin problemas. Este factor se entiende si se tiene en cuenta que en muchos aspectos de nuestras vidas las personas sordas sufríamos grandes discriminaciones, de serios problemas de comunicación incluso en el ámbito familiar y barreras de acceso a la información (mundo laboral, tareas cotidianas, etc.) La única salida fue buscar a otras personas sordas y el lugar por excelencia de estos encuentros fueron las asociaciones.
Estas primeras décadas son el germen del movimiento asociativo CNSE. Como recogió nuestro VII Congreso, fue gracias a “nuestra lucha y nuestro espíritu de superación, al efecto catalizador de los colegios de sordos, y a la unidad y solidaridad entre las personas sordas” que el movimiento pudo sobrevivir y crecer en condiciones adversas. Esta etapa sentó las bases organizativas, lingüísticas y culturales que permitirán el desarrollo posterior del movimiento asociativo.” A las generaciones de personas sordas de esta etapa les debemos la cohesión, la unidad entre “hermanos/as”.
2. Etapa de creación de federaciones y fomento de la actividad cultural (1978 – 1992): creando cultura y democracia.
Con la transición democrática y la aprobación de la Constitución Española de 1978, el derecho de asociación se consolida legal y políticamente. Esta apertura democrática permite a las personas sordas ejercer con más libertad sus derechos civiles, incluyendo el de asociarse, organizarse y participar en la vida pública. La existencia de estos espacios comunes favorece a su desarrollo personal y fortalece su identidad.
Hay que recordar también que, durante los primeros años de nuestra democracia, la política social aún era una actuación marginal. Pues antes que lo social, primeramente, se tenía que conformar un estado democrático y autonómico, así como crear las condiciones para posibilitar una estabilidad económica. Las entidades sociales que habían estado activas durante la dictadura, (ONCE, Cruz Roja, la propia CNSE y sus asociaciones, etc.) eran miradas con cierto recelo por la nueva Administración, pero, aun así, estas continuaron asumiendo un papel cada vez más importante en lo social.
Aunque el I Congreso de la CNSE se celebra en 1976, antes incluso de la Constitución, su lema “Un faro de luz en la torre del silencio” sintetiza el espíritu que seguirá guiando también esta etapa: romper el aislamiento, hacer visible una realidad hasta entonces ignorada y construir una identidad colectiva desde la lengua de signos y la experiencia común.
Las personas sordas acuden a las asociaciones porque siguen sufriendo falta de accesibilidad a la información y la comunicación a la par que muchas discriminaciones en cualquier ámbito de la vida (por ejemplo, para poder conducir, para acceder a un empleo, etc.). Si, por ejemplo, surgen dudas para entender lo que dicen los medios de comunicación, las solventan con otras personas sordas en su propia asociación.
En estos años se multiplican las asociaciones locales y, a su vez, estas comienzan a organizarse en estructuras autonómicas más amplias, dando lugar a las primeras federaciones territoriales. Este proceso permite una articulación más eficaz del movimiento asociativo, respetando la diversidad territorial, pero compartiendo una visión y objetivos comunes. La red asociativa comienza a tomar forma como estructura confederal.
Junto a esta expansión organizativa, se produce un florecimiento cultural sin precedentes. Las asociaciones no son solo espacios administrativos, sino auténticos centros culturales: se organizan festivales de teatro en lengua de signos, grupos de poesía, proyecciones de cine signado, de la canción silenciosa, las jornadas de mimo, las Exposord, las videocasetes culturales CNSE que llegaban a todas las asociaciones, y actividades recreativas variadas que refuerzan la cohesión social y el orgullo de pertenencia a la comunidad sorda.
Entre 1987 y 1990 se plantea la presencia de un estado fuerte en materia de protección social y se va aceptando que la iniciativa pública no puede llegar a todo y necesita de la participación de las entidades del sector social. En 1987 la CNSE crea el primer servicio de intérpretes mímicos en nuestro país. En estos años y para facilitar la comunicación ya comienzan, poco a poco, a utilizarse los dispositivos Amper, DTS y el fax. España es un reciente miembro de la UE. Se propicia el contacto con personas sordas de otros países, fundamentalmente del entorno europeo.
Es en estos momentos cuando las personas sordas en España comienzan a replantearse cómo nos veíamos a nosotras mismas y cómo nos veía la sociedad. Van entrando los términos de comunidad sorda, de cultura sorda, de lengua de signos, de identidad sorda y de derechos colectivos. Se va gestando una perspectiva sociocultural que será clave en las siguientes etapas del movimiento. Es también la época de la aparición de las comisiones sectoriales (mujeres, juventud, mayores) y del liderazgo de personas sordas en la vida asociativa.
Esta etapa sienta las bases de la estructura asociativa y de la acción política en democracia, al tiempo que afirma a las asociaciones como verdaderos espacios de empoderamiento, visibilidad, creatividad y transformación social. Aunque la lengua de signos estuvo relegada a ámbitos muy específicos y, por ende, las personas sordas, nuestras asociaciones gozaban de una salud excelente cubriendo nuestra necesidad de información, comunicación y convivencia, así como enriqueciendo y cuidando nuestra lengua natural.
Es importante destacar la primera manifestación reivindicativa organizada conjuntamente por la entonces denominada FNSE (actual CNSE) de forma coordinada con las federaciones y las asociaciones de personas sordas. Y estamos en unos momentos en que no existían ni las redes sociales, ni los emails y donde la coordinación entre toda la red asociativa requería de paciencia y de mucha generosidad. Esta manifestación tuvo lugar en distintos lugares de España. Así mismo, es en este período, concretamente a partir de 1985, que en nuestro país comienza a llevarse a cabo la experimentación e implantación del Programa de Integración de alumnado de educación especial en centros ordinarios lo que provoca la mayor modificación del sistema escolar que atendía al alumnado sordo que haya tenido lugar antes en la historia. Y es así como con los años van a ir desapareciendo los “colegios específicos de sordos”. Y esto tuvo ha tenido una gran influencia en la vida asociativa transformando la vida social, cultural y el sentido de pertenencia comunitaria de las personas sordas.
3. Etapa del despertar, de la política y la profesionalización (1992 – 2005): la identidad sorda y el futuro en nuestras manos.
En 1992 se celebraron las Jornadas sobre nuestra Identidad Sorda. Estas jornadas, organizadas por la CNSE, (a petición de varias personas asociadas); representaron un despertar individual y colectivo. A partir de estas jornadas comenzamos a trascender el punto de vista médico-rehabilitador predominante sobre las personas sordas para pasar a un enfoque sociocultural y lingüístico. Una identidad sorda de resistencia y de contra respuesta ante la discriminación, pero también una identidad sorda llena de valoración por nuestra lengua, de su cultura, de nuestra historia y de la propia comunidad sorda.
Estas jornadas supusieron un momento muy importante de cambio de los marcos mentales de las personas sordas. Y como todo cambio importante, en nuestro asociacionismo convivieron tanto la ilusión como el miedo a los cambios.
Durante la década de los 90 y los primeros años del siglo XXI, el movimiento asociativo de personas sordas en España entra en una etapa de profunda transformación. Se consolida un modelo organizativo más estructurado, profesionalizado y confederal, en el que las personas sordas son las protagonistas no solo en los órganos de decisión política del propio tejido asociativo sino también, poco a poco, en diferentes espacios públicos.
La profesionalización avanza con la incorporación de equipos técnicos en federaciones y asociaciones. A los equipos profesionales se incorporan personas sordas con experiencia previa en el voluntariado asociativo. Se van dando pasos hacia una gestión más eficiente, el diseño de proyectos más ambiciosos y una mayor capacidad de interlocución institucional. A la vez, se refuerza el liderazgo sordo en todos los niveles del movimiento, promoviendo referentes visibles que conectan con las nuevas generaciones.
Hay que resaltar, entre otras cosas, que la fuerte inversión de la UE en España en la década de los noventa propició la implementación de importantes proyectos europeos que nos obligaron a pasar de una gestión “artesanal” a una gestión profesionalizada.
Otros ejemplos destacados son los servicios creados gracias a la financiación del, por entonces, 0,5 del IRPF gracias al cual teníamos acceso a volantes de los servicios de interpretación para todo el territorio y que, posteriormente, ayudó a crear los programas de atención al movimiento asociativo (incorporando la figura del profesional sordo adecosor) y de atención a las familias (incorporándose la figura del asesor sordo).
Son ejemplos destacados, aunque no los únicos, de cómo se fueron moldeando los servicios de atención a personas sordas que nuestro movimiento asociativo ofrece en la actualidad o que forman parte de las prestaciones que ofrecen las administraciones públicas.
El III Congreso de la CNSE, celebrado en Zaragoza en 2002 bajo el lema “Un nuevo impulso a la participación”, marca un punto de inflexión. A pesar de los avances, el Congreso alerta de síntomas de crisis interna: una disminución de la participación en las asociaciones locales, un creciente alejamiento entre la base social y las estructuras dirigentes, y una burocratización que debilita el dinamismo organizativo. Se observa que muchas asociaciones han ido perdiendo su carácter comunitario y cultural, centrándose en la gestión de servicios.
Ante este diagnóstico, el Congreso propone una serie de respuestas concretas: revitalizar la vida interna de las asociaciones, recuperar espacios de cultura sorda (teatro, cine, historia signada), fomentar el liderazgo juvenil, y reforzar la acción política desde la base. Se insiste en que el modelo confederal, donde las asociaciones locales y comarcales dejan de ser asociados directos de la confederación para estarlo a través de su federación autonómica, debe construirse “de abajo hacia arriba”, sin perder el alma de las asociaciones locales como espacios de vida comunitaria.
Por otro lado, nos encontramos en una etapa en la que la sociedad civil comienza a asumir su protagonismo en las políticas sociales. En este sentido, en el asociacionismo sordo se gestan avances institucionales de gran calado. Durante esta etapa se fortalece el papel de la CNSE como interlocutora válida ante las administraciones públicas. Se incrementa la presencia del movimiento en los foros políticos y sociales, y se impulsa el reconocimiento de la lengua de signos como un derecho fundamental. Todo este trabajo culmina en la elaboración del anteproyecto de la Ley 27/2007, que, tras años de reivindicación desde cada pueblo y ciudad a través de las asociaciones, las federaciones y la confederación, será aprobada en la siguiente etapa, y que supondrá un hito histórico para la comunidad sorda. Esta etapa donde del impulso comunitario y cultural de las décadas anteriores a una estructura organizativa profesionalizada, con capacidad de incidencia. Pero también es una etapa de advertencia: sin participación real y sin espacios de identidad compartida, el riesgo de desvinculación de la base social es alto. El reto que deja planteado el III Congreso es claro: modernizar sin perder el alma del movimiento.
4. Etapa de normalización (2006-2018): consolidando derechos, servicios, profesionalización y participación social.
La aprobación de la ley 27/2007 que reconoce oficialmente la lengua de signos española y catalana, así como la inclusión del derecho a la lengua de signos en varios estatutos de autonomía o la convención internacional de los derechos de las personas con discapacidad, entre otras cuestiones, marca el inicio de una etapa histórica de normalización política, jurídica y social para la comunidad sorda. Esta conquista no es fruto del azar, sino del trabajo constante del movimiento asociativo, que logra que la lengua de signos sea reconocida como un derecho y una herramienta de inclusión plena.
La entrada en vigor de toda esta legislación tiene un impacto profundo: las administraciones están obligadas a garantizar el acceso a la información, la comunicación y los servicios en lengua de signos, y se impulsa la creación de recursos, planes formativos y servicios públicos más accesibles. El Centro de Normalización Lingüística de la Lengua de Signos Española (CNLSE) nace como una herramienta clave para velar por su uso, desarrollo y difusión. Sin embargo, esta etapa también trae nuevos retos internos para nuestro asociacionismo. Por un lado, nos encontramos en una etapa de recortes presupuestarios debido a la gravísima crisis económica y la creciente malestar e indignación social; por otro, la agudización de síntomas de desgaste. Muchas asociaciones locales empiezan a notar el envejecimiento de sus juntas directivas, una falta de relevo generacional y una creciente dificultad para implicar a las nuevas generaciones. La dependencia de subvenciones y las exigencias de gestión administrativa limitan la capacidad de innovar y dinamizar. Al mismo tiempo las redes sociales, los avances tecnológicos van cambiando la forma de relacionarnos con los demás y con el mundo que nos rodea. De nuevo entramos en un período de cambios que generan tanto miedo individual y colectivo, como también la esperanza de que seguimos teniendo la llave para hacer de este un mundo más amable para las personas sordas. Y estas percepciones o sentimientos se mantienen hasta la actualidad.
En este contexto, el VII Congreso de la CNSE (Bilbao, 2018), bajo el lema “El valor asociativo: un compromiso de futuro”, propone una reflexión colectiva en profundidad.
Se redefine el núcleo de valores que vertebra al movimiento: identidad sorda, lengua de signos, comunidad, cultura, historia y unidad. Además, se apuesta por una identidad de proyecto, abierta a la pluralidad de experiencias sordas, que reconoce diferentes trayectorias y formas de vivir la sordera, sin renunciar a los valores colectivos que nos unen.
El Congreso plantea una visión de futuro en la que las asociaciones deben renovarse sin perder su esencia. Se habla de fortalecer la cohesión, mejorar la cultura organizativa, fomentar el liderazgo, abrir espacios a la juventud y adaptar la estructura del movimiento a los cambios sociales y tecnológicos. Se reconoce que es imprescindible renovar el tejido asociativo para garantizar su sostenibilidad, su legitimidad y su utilidad para las nuevas generaciones. Así, esta etapa supone tanto la consolidación legal de derechos como una llamada a la introspección organizativa. El reto ya no es solo lograr y consolidar derechos o el reconocimiento institucional, sino mantener viva la unidad entre las personas sordas y las asociaciones como espacios donde la comunidad sorda se reconoce, se expresa, se organiza y transforma su realidad.
5. Etapa de valorización y renovación del asociacionismo (2019 – actualidad): buscando el equilibrio.
Es esta una etapa marcada por grandes desastres como la pandemia, la guerra en Ucrania y la atención a las personas sordas refugiadas, la DANA de 2024 o el reciente gran apagón, situaciones donde se ha constatado el valor de nuestras asociaciones, federaciones y confederación que, en su momento, asumieron un papel fundamental de apoyo social para las personas sordas y colaboradas con las administraciones públicas.
La celebración del VIII Congreso de la CNSE en 2023 y el Seminario de Los Negrales (2023) retoman el impulso hacia la renovación, con un diagnóstico compartido: urge redefinir el movimiento asociativo para responder a los retos del presente y del futuro.
En ambos espacios se reconoció con claridad que las asociaciones necesitan recuperar su centralidad como espacios vivos, útiles, significativos y sostenibles. Espacios donde las personas sordas se encuentren, aprendan, se expresen y se desarrollen de manera plena, conectando la dimensión política, lúdica, cultural y comunitaria.
La voz de las personas sordas jóvenes ha cobrado fuerza: demandan nuevos liderazgos, estructuras organizativas más horizontales, mayor transparencia, espacios donde se escuche su experiencia y visión del mundo. También reclaman una actualización del discurso político, una mayor apertura a la diversidad sorda (personas sordas con implante, sordoceguera, identidades plurales, ruralidad, migración), y un uso estratégico de las nuevas tecnologías y redes sociales.
Igualmente, la voz de las personas mayores cobra protagonismo. Personas mayores sordas que consideran que, aunque las asociaciones fueron los primeros espacios creados y son la base de todo el movimiento asociativo, a menudo son las menos valoradas. Falta más reconocimiento por parte de las personas socias y, especialmente, de la juventud. De la necesidad de dar valor a la implicación y esfuerzo de las personas socias, que son quienes sostienen y dan vida a las asociaciones y de generar espacios de encuentro entre las generaciones más jóvenes y los mayores. Además, resaltan que es fundamental que las asociaciones ofrezcan actividades de ocio y tiempo libre, porque muchas personas mayores sordas no tenemos otros espacios donde acudir. Estas actividades les ayudan a relacionarnos, mantenerse activos y disfrutar en compañía de otras personas.
Estos procesos de reflexión han identificado elementos clave: la urgencia del relevo generacional, la necesidad de revisar los modelos de gobernanza, la importancia de fomentar el sentido de pertenencia, y la voluntad de construir asociaciones abiertas, democráticas y emocionalmente significativas.
Todo ello con un mensaje de fondo contundente y compartido: renovarse o morir. La sostenibilidad del movimiento depende de su capacidad para evolucionar sin renunciar a su historia, aprendiendo del pasado, pero con la mirada puesta en el futuro. Esta etapa no es solo un momento de revisión, sino una oportunidad para regenerar el tejido asociativo, fortalecer los vínculos comunitarios y reafirmar que las asociaciones son, y deben seguir siendo, un proyecto colectivo al servicio de las personas sordas.
Hoy, como ayer, el futuro está en nuestras manos. No lo olvidemos nunca. En un mundo cada vez más digitalizado, fragmentado y donde la soledad no deseada es un problema de primer orden las asociaciones siguen siendo, para muchas personas sordas, el mejor espacio donde pueden convivir plenamente en su lengua, sin barreras ni traducciones, con total naturalidad y complicidad lingüística y espacios de apoyo social. Preservar y revitalizar estos espacios no es solo una opción organizativa, es una necesidad muy humana.
Y con esa convicción, abrimos este II Foro bajo un lema que nos inspira y nos impulsa: más que futuro. Que sigamos construyendo juntas y juntos un movimiento asociativo fuerte, inclusivo, plural y profundamente humano. Porque la historia no termina: se escribe cada día, con nuestras decisiones, con nuestras voces y con nuestros signos.
Fuente: CNSE. Confederación Estatal de Personas Sordas. II Foro asociativo. Madrid, 15 noviembre 2025.






























